NUESTRO PRIMER SALÓN DE CLASES

En nuestras vidas existen muchos salones de clases que no sólo son las aulas de las instituciones por la que pasamos, me refiero al núcleo más pequeño, La familia.


Muchas veces cuando compartimos con nuestros hermanos y padres la relación resulta difícil. En innumerables oportunidades he escuchado dichos como “la familia uno no la escoge, los amigos si” , pero no hay nada más falso, para los estudiosos del tema que manifiestan que aquellos que componen nuestro núcleo familiar son nuestros maestros que nos vienen a enseñar cosas para superar los defectos en nuestra vida, resulta difícil creerles y más aun si las relaciones no son del todo gratas. Pues tendríamos que superar nuestros egos y dejar fluir la sabiduría, reconociendo las grandes debilidades que surgen en el hombre o mujer, pues históricamente la evolución del ser nos resalta las competencia, la búsqueda del prestigio, el egoísmo entre otros, pues el imaginario social trae constantemente esas memorias y desarrollan en la persona su comportamiento.

De allí que en nuestro primer salón de clases comienza el aprendizaje de la interrelación sana que debe estar implícito el desarrollo del amor, que como concepto abarca la tolerancia, la fraternidad, la solidaridad, la humildad, pero en la práctica es mucho más que eso, es como el saber colocarte en lugar del otro, en saber escuchar, en saber perdonar, en ver la realidad y no lo que imaginas, entre muchas otras sabidurías.

Fáciles de expresar, pero no de convertirlas en acciones diarias con nuestros seres queridos, esos que día a día nos vieron crecer, alimentarnos en el caso de nuestros padres, de compartir nuestros momentos más difíciles o divertidos en el desarrollo de nuestra vida, y lo más importante, que siempre están y estarán allí pase lo que pase, tarea que luego los hermanos realizan una vez adultos.


Vínculos que no son separables aunque así lo expresemos, y es el mejor espejo para ver lo que somos, nuestra evolución y transformación como seres humanos.

Debemos agradecer cada día por esas relaciones, por acercarnos, por solidificar los vínculos de oro, con nuestros maestros de vida. Y ayudemos a que cada uno del grupo se convierte en parte del equipo para realizar el mejor juego, que es la vida.


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